domingo, 16 de marzo de 2008
Anabel
calle nívea, fluorescente de tubos de neón, plácida, sumergida en su rapidez; personas borrosas que cambian de rostro, de vestimenta. gestos inmóviles pasan frente, detrás, algo perdido en el tiempo, sigue su búsqueda en un camino sin ruta ni guía. muy solo para ser viernes o sábado, las calles húmedas lo entristecen y camina por el parque, llena de monumentos entrelazados, de parejas quietas y cambiantes, en manoseos y besos todos juntos y bien solos. llega al final y se siente peor que cuando salió; sí, ella fue la culpable perdido de nuevo en lo nuevo, odiaba verla ya la había perdonado y borrado; más bien él se había perdonado por ser tan estupido y llorar por quién no debería hacerlo llorar, pero ya había pasado o realmente no, estaba ahí de nuevo, princesa del nunca jamás más bien sería la reina, nadie mas que ella era capaz de hacerlo rendir y perder sin competir. Todavía no es sábado o el próximo sábado y como la verá de nuevo solo en su recuerdo, sabía que el guardar los momentos era en vano peor si están en una caja, la caja sí! esa era; tenía que buscarla encontrarla e inyectarse a fondo una sobredosis con eso bastaría para calmar el dolor, un dolor bastante inocuo sin rostro, porque ya le había borrado; pero quien era ella quien fue la que se presentó. no la recordaba tanto como esta mañana, estaba mucho más delgada, cálida en el beso en sus besos de niño afiebrado, de existencia frágil de ángel recién nacido, moría por sus codos, bueno más bien por su espalda y los huesesillos que trataban de escapársele de la piel, sus contornos los vio mas filudos y su mirada, sí esa era la mirada, demasiada transparente de mundos inmersos en parques, en narnias si esos deberían ser, los arroyuelos recorrían entera su alma y a la vez la suya. pero la forma, la forma era distinta muy apacible en el habla, como quinceañera enamorada, una extraña forma de felicidad, inerte, con sonrisa implícita en la postura, en el aire que la rodea y a mí. esa felicidad triste era lo que le enternecía deseaba abrazarla hasta perderle el miedo; sí, aún le temía, pero eso ...ya no le importaba.
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