viernes, 3 de agosto de 2007

descubrí a benn glass I

Hey!... siempre despertaba con eso. Lo soñaba estaba seguro no hay nadie mas en casa, pero porque, esa parece la voz de él mismo pero el grito es tan alto que lo despierta; todo empezó desde que se mudo, no le gustaba el lugar, demasiado ruido, muchos carros, departamentos muy juntos o paredes muy delgadas, si tocaban al lado parecía que tocaban acá. Hey!—de nuevo pero ahora está despierto el corazón empieza a saltar ahora no sabe como está, capaz sigue dormido, pero como él ya se había vuelto un maestro en esos casos, el descubrir si dormía o no, le era muy sencillo. El pellizcarse era muy vago nunca sentía nada ni despierto creía, que es lo que nunca haría despierto, se levantaba caminaba por entre las sillas la cortina que encerraba su cama, salía a la puerta la abría con facilidad ya estaba en el pasadizo de la quinta, ya era de día el cielo muy gris, parecía mucho más que antes, una garúa muy insolente que no decide si mojar o joder, no siente frío pero hay una neblina leve nadie más despierto todas las casas lucen muy fantasmales, cerradas parecen silos nucleares; nadie más vive camina hacia la reja de la entrada, el pasadizo es angosto y largo, a lo más tres personas entraban, las paredes lucían muy sucias, de un color celeste pálido, el piso de cemento rojo resquebrajado y muy frío, o así se veía ; seguía caminado las puertas pasaban a su lado como personas quietas inmóviles o quizás estatuas. Sabía que nadie lo veía que estaba solo y sin frío llega a la reja negra de la entrada de la quinta, la toma con las manos se cree un recluso recién internado; afuera todo esta vació, no hay nadie ni un carro, ni una persona, no hay panaderos jodiendo, ni vendedores, el hospital que esta cruzando la pista, luce muerta sin vigilantes ni pacientes. Lima es horrible en esta época piensa, todos deben empecinarse en hibernar en casa, todo luce muy gris, muy frío, muy desolado. Se mira y esta descalzo, un bóxer de tela suelta, un vividí negro y las manos cruzadas, pero no siente frío. Un sonido fuerte, sordo, con eco; lo sorprende pero no lo asusta no se da vuelta sigue mirando la calle, muerta, triste, desilusionada; cuanto se parecía esa calle a él, sin trabajo ni nadie que lo acompañe, antes cuando trabajaba se sentía parte del mundo, le gustaba el tener que hacer, sentir que si le faltaba a su estricto horario el mundo se detenía, era muy importante muchos dependían de él, en la calle lo miraban diferente iba a ser el orgullo de su familia, tenía temas de conversación, hasta parecía que la perfección si existía. Pero ahora, ahora está muy solo, antes odiaba que lo busquen, que lo llamen, que lo inviten; o eso creía él pero por dentro se moría por eso. Algo suena, hay un carraspeo, se agita algo, suena como monedas chocando entre sí, son llaves – Buen día – asiente con la cabeza y apenas le da cara, pasa por su lado lo aparta coge sus llaves que llevaba en la mano, abre y se pierde en la niebla que ahora se atenúa más, de pronto empieza a sentir el frío, los huesos, el vaporcillo que sale de su respiración, los pies húmedos y congelados – Tacna cincuenta Tacna cincuenta – el mundo despertó acabó la hibernación, da la vuelta hacia dentro de la quinta las dos improvisadas tiendas en las ventanas de dos departamentos, estaban abiertas, las chibolas pesadas de al lado se van al colegio con la tía renegona, que ya reniega por que se le hace tarde. - Permiso, permiso, joven – sale de la quinta, y sigue renegando; que vieja de mierda piensa, entonces, su papá, pero de donde salió, entra a la quinta como si fuese algo que hace todos los días, o sea como si viviera allí – viejo; hola hijo y ya estás listo para el colegio - ¿qué? Se pregunta ¿colegio? Sale su mamá apurada de su departamento al fondo de la quinta – hijito se te quedaba la lonchera, mira como ya tienes el pelo acomódate el cuello; ya vieja, decía papá, se nos hace tarde y tengo el carro mal cuadrado – se mira hacia los zapatos y estaba vestido de colegial, tenía una mochila colgada en la espalda y era mucho mas pequeño, el mundo era de gigantes y de repente se sentía bien, estaba con alguien no solo, lo querían y lo abrazaban como a un peluche y lo llenaban de besos y se despedían como si se fuera de viaje.

Mapi! – Mia por favor no converse decía el profesor – Mapi no sabes, de nuevo. Hablaba como para si misma, Mapi voltea con los ojos y boca muy abiertos.
Las horas pasaban y en la mente de Mia solo había cabida para algo; mi vecino. El recién llegado, no era guapo, no refinado no conversador; a las justas si le decía hola, ¿pero porque sueño con él? Lo peor no era que sueñe con el nuevo inquilino de su mente, sino que soñaba que era él; desde hacia días cuando por fin se digno el tipo a decirle – buenas – nada más pasando al lado de ella que justo salía de su apartamento, un edificio de los que recién aparecían como hierba mala, en el distrito de Jesús María; Mia recordaba la casa de su abuelo en la avenida San Felipe, esas si eran bonitas casas, inmensas con escaleras y altillos de madera; un recibidor con techo alto paredes blancas escarchadas, muebles tallados minuciosamente a mano, pequeños pero hermosos, suelos de parqué luego venía una gran sala comedor con una mesa grande para no olvidar la tradición italiana de los almuerzos los domingos con toda la familia; al lado una sala plagada de cuadros cuzqueños que al abuelo le encantaba; siempre decía “estos cholos son lo máximo carijo”, y un retablo arequipeño sobre la mesita de centro, que a su vez estaba sobre una alfombra oriental que se la había mandado el tío Carlos de uno de sus viajes. No entendía porque habían tenido que mudarse a esos departamentos tan cosmopolitan como decía su mamá; eran tan pequeños y a la vez tan modernos que pese a su edad no le gustaban, prefería las grandes casonas que habían en la avenida San Felipe, ahora todas derrumbadas para crear estas casuchas tan al modo americano, enanas dobladas funcionales y tan de moda. Ya se había acostumbrado a parar de ascensor en ascensor; que para entrar a casa, que para salir a comprar a la esquina, y el portero, un hombrecito muy pequeño, con una cara muy redonda, una boca inmensa, ojos de uva, una ceja que apenas pintaba una línea, unos cabellos muy escasos que se los tiraba al lado para taparle la pelada y unas manos de mecánico jubilado; era todo un personaje, podías entrar y salir cincuenta veces, y todas la veces se quitaba el sombrerito de chofer y te hacía una reverencia.
- Mia, Mia, Mia! – alzando la voz despertándola de su sueño despierta.
- ese no es el comportamiento que se permite en esta clase, capaz en sus talleres de teatro o pintura, que realmente no se porque se imparten, allí capaz sí se les permite soñar, pero no aquí no en introducción a la contabilidad, aquí el estar en sus cinco sentidos es vital, un error de nosotros ….- Mia miraba al profesor balbucear unas palabras y se perdía en sus pensamientos, cada vez que el profesor Rómulo del Arce – con nombre y apellido por favor niñas – así tenía que dirigirse al él, divisaba a alguien quien no le prestaba atención comenzaba un sermón sobre el comportamiento con disciplina y rectitud de la escuela inglesa, a quienes admiraba mucho el feo ese. Era imposible escucharlo y ella regresaba de nuevo al inicio; ¿Por qué soñaba con él o realmente siendo él? Y en un lugar que nunca había visto, tan feo, tan sucio, tan falto de alegría; y porque mis papás, en mi sueño, trataban a ese niño como si fuese yo, y porque yo y Mapi aparecíamos como las hijas de la vecina renegona del quinto piso, que dicho sea de paso era la única que se adecuaba a la realidad en mi sueño.

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